Hay personalidades que caracterizan con su perfil humano la historia de una empresa. Harold Hyland es un buen ejemplo de ello. Porque a lo largo de los años volcó en la actividad inmobiliaria el mismo espíritu de servicio que fue pasión y vocación durante toda su vida.
Harold S. Hyland nació un 9 de abril de 1921, es el primero de 11 hermanos. De joven trabajaba en una oficina de Capital como ayudante de cuentas en una empresa inglesa, hasta que en 1942, decidió viajar a Europa como voluntario para enrolarse en la Real Fuerza Aérea Británica. No era el único de su familia que entraba en la guerra como voluntario: su hermano Peter fue derribado cerca de la ciudad francesa de Orleáns cuando piloteaba un bombardero Lancaster hacia la ciudad alemana de Stuttgart.
Harold se entrenó en Alberta, Canadá, para volar aviones caza. Pero cuando estaba listo para entrar en batalla, los oficiales británicos le indicaron que necesitaban pilotos para los bombarderos Lancaster, los mismos que volaba su hermano. Nunca entré en combate, porque apenas cumplí 50 horas de entrenamiento terminó la guerra. Entonces volvió a la Argentina y comenzó a volar para la empresa Zonda, una de las que años más tarde sería comprada por el estado para conformar Aerolíneas Argentinas.
Protagonizó grandes experiencias como piloto, pero preocupado por su familia, comenzó a pensar en alguna actividad para desarrollar en tierra. Leyendo el Buenos Aires Herald, me enteré que una señora trabajaba como corredora inmobiliaria. Ella se encargaba de conseguir alojamiento para los empleados de la empresa Shell, y terminó abriendo su propia inmobiliaria. Fui a verla y me di cuenta de que en el tiempo que tenía disponible entre vuelos podía hacer lo mismo… A los 45 años inicié una nueva profesión.
En su vida personal abundan tristezas y alegrías que enriquecen el espíritu de una persona transparente, con una voluntad indomable que supo imprimir a Harold Hyland Propiedades un estilo propio e inconfundible, que se prolonga a través de su familia, consolidando una tradición que es símbolo en el mercado inmobiliario.
Hoy, junto a sus hijos Dicky, Lucas, Alec, Sonia, Moira, Pablo y un equipo de excelentes colaboradores, Harold mira su vida desde la cima: Las cosas no fueron fáciles para mí, pero no cambiaría nada de lo que hice.
Algunas Anécdotas
Quiero un crédito para comprar su banco…
La primera sede de la inmobiliaria funcionaba desde su propia casa en la calle Buchard 640, en La Lucila, pero Harold notó que la gente que no conocía la zona tenía problemas para llegar hasta allí y decidió comprar un local sobre la avenida Libertador. Con el tiempo el local comenzó a resultarle chico. Entonces Harold fue hablar con el gerente de un banco que funcionaba junto a su inmobiliaria y le dijo que quería un préstamo para comprarle su banco. El banco le entregó el crédito y en pocos meses pudo pagarlo. Anexó el nuevo local y construyó una parrilla, un quincho y un bar para agasajar a sus clientes.
Un susto con final feliz….
Corría el año 1949. El comandante Luis Semería estaba al mando de un DC3 y Harold lo asistía como copiloto. Volaban desde Buenos Aires hacia Córdoba, y el clima desmejoraba a medida que avanzaban. Sin contar con el sofisticado equipo con que cuentan hoy los aviones de línea, fueron sorprendidos por una gran tormenta. Un fuerte granizo castigaba ruidosamente la aeronave. Los 21 pasajeros estaban aterrados. Los intensos vientos hacían que el avión perdiera altura abruptamente. Las permanentes variaciones de velocidad obligaban a Harold a cambiar constantemente la configuración del avión “Perdíamos altura y velocidad. Tenía que bajar el tren de aterrizaje, poner flaps, ajustar la mezcla, trabajar con los compensadores y, antes de poder terminar, ya tenía que volver a subir el tren, quitar flaps, etc. Recuerdo haber realizado estas maniobras al menos 5 veces.” Los gritos de los pasajeros por momentos eran tapados por el ruido del enorme granizo. Uno de los parabrisas se rajó, cortándole la cara a Semería.
“Mis fuerzas se agotaban, a mi lado el piloto con toda la cara ensangrentada me decía que no tenía control de la aeronave, yo intentaba ayudarle pero los mandos parecían responder cada ves menos. Miré otra ves mi altímetro: seguíamos perdiendo altura, nos quedaba poco. Repentinamente, los saltos y el ruido se interrumpieron, la visibilidad se despejó: estábamos en el centro de la tormenta que nos rodeaba. Giramos en un círculo pero no teníamos salida alguna. Le recomendé a Semería que aterrizáramos inmediatamente en un alfalfar que tenía a la vista. Nos guiamos por el alambrado y aterrizamos sin problema.
El comisario de abordo tomó el micrófono del altavoz y dijo: Señores pasajeros, hemos arribado a Córdoba. Lo que no aclaró, era que estaban en un descampado en La Payosa próximo a Villa María, y que deberían ir a pié en busca de ayuda hacia alguna casa vecina.
Cuando descendí del avión noté que los timones y alerones (por aquel entonces todavía se hacían de tela) estaban completamente destruidos, y el avión todo abollado, inservible.
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